Un reencuentro inolvidable

Por Alejandro Almánzar

Mi Ventana Óptica

Alejandro Almanzar alex15958@hotmail.com Twitter, @alexalma09

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Con más de una década fuera de mi lar natal, finalmente ocupé el asiento 26C de un avión en JB, el pasado 22 de Noviembre, con destino al AILA, para pisar la tierra que involuntariamente abandoné, empujado por la injusticia social.

Mi hija, su hijo, el esposo, mi hermano y sus hijos, esperaban ansiosos verme franquear aquella puerta de cristal. De repente, un Alejandrito en miniatura, salió a mi encuentro, saltando a los brazos del abuelo que sólo veía en fotografías.

Pude llegar hasta donde Alexandra, José, Crucito y mis sobrinos Germania y Wilton aguardaban para abrazarnos. Abandonamos el Aeropuerto, dirigiéndonos al sector Los Frailes II, enclavado a escasos metros de Las Américas.

Por la campaña en medios de comunicación sobre la inseguridad, asumí que al bajar del avión sería recibido por atracadores, metralletas en mano, exigiéndome cuánto había llevado, pero la historia fue diferente. En cambio, fui recibido por oficiales de Migración, que me atendieron con cortesía, de mis maletas no desapareció nada, y nadie me pidió soborno.

Pensé, que a lo mejor de camino al barrio se cumpliría la aprehensión, pero durante el trayecto, como en su entorno, me sentí tan seguro como en New York. En Los Mina, donde ya pocos me recordaban, rodeado de familiares y viejos amigos, no fui testigo de la cacareada inseguridad. Así, escoltado siempre por Alexandra, Alex y José, me desplacé por diferentes sectores capitalinos.

Visitamos el CDP, donde saludé a nuestro presidente, el colega Olivo de León, de allí fuimos a la Junta Municipal Electoral, de La Feria, y mi impresión fue mayor, cuando vi que sin “tributarios”, adquirimos los documentos solicitados, y en algunos veinte minutos, nos despedimos de un personal profesional y eficiente.

A la semana siguiente, emprendí viaje hacia el primer Santiago, tierra de mis alicaídas Águilas Cibaeñas, con una agenda para pernoctar en casas de mis hermanos y sobrinos. Debí romper la misma, pues al decir de Estefanía, Junior secuestró a su tío, y se lo llevó para su casa, de donde sólo le permitía salir a visitarlos.

A mi llegada, Estefanía, su esposo y Jonathan esperaban en la terminal de Autobuses. Su espera fue interminable, pues abordé dicho vehículo a las cuatro de la tarde, y no fue hasta las ocho de la noche cuando me reuní con ellos. Después, mis hermanas Eugenia y Luisa, me recordaron algo que había olvidado, hay autobuses expresos, y otros, que como tortugas, recogen y dejan pasajeros en todas partes. En cada kilometro recorrido veía un país diferente al dejado casi doce años atrás.

Grandes plazas y centros comerciales, amplias autopistas y avenidas, como en las grandes metrópolis. Una mañana, Junior me dejó en la ciudad, lo que aproveché para caminar fuera del cinturón de seguridad que me tendieron mis familiares. Llegué caminando a SúperTV55, conversé largo y tendido con su propietario, Adalberto de León, de ahí salí a recorrer sus estrechas calles, copadas por Megas Tiendas, fenómeno que se repite a lo largo y ancho de la Autopista Duarte.

Más tarde, abordé un carro de la ruta N, descendiendo al frente de mi universidad UTESA, fui en procura de mis maestros y el colega José Enríquez Bautista, pero de ellos sólo pude ver al vice rector académico, Arnaldo Peña, y a María Azcona, entre otros, a quienes ya no recordaba por sus nombres.

Salí a caminar por sus alrededores, llegando hasta la Cruz de Marilopez, donde bajo un Sol candente, abordé un taxi que me llevó hasta La Otra Banda, donde mi hermano Jesús María. Allí pasé el resto del día, regresando por la noche al resguardo nocturno.

Al día siguiente, retorné al lado de Alex, José y Alexandra, estos días parecieron de ocho horas, y tantos besos atrasados, mi hija exigía que viniera a reponerlos. No hablo por experiencia ajena, tampoco niego exista delincuencia como en todos los países, pero allí viví días felices junto a los míos, sin el trauma de la inseguridad.

Continuando mi periplo barrial, hice la visita obligada a Nersida, Timito, Leslie y Javielito, en Los Tres Brazos. Allí me reencontré con Canda y Rosa, sus hermanas, caminé con toda normalidad, y nada inusual noté, por lo que sigo creyendo que formo parte de un conglomerado solidario y sano.

Quejas: Como si fuera un castigo, los periodistas estamos obligados a resaltar cosas negativas, pues es que afloran por doquiera. Por ejemplo, el transito es un caos, donde conductores arriesgan la vida de la gente. En la Marginal Las Américas, vi a un invidente intentando cruzar, sin que nadie le cediera el derecho a transitar libremente.

Puentes y Elevados sin protección, donde el que decide suicidarse no encuentra el menor obstáculo. Los precios: Sigo sin entender, de dónde saca la gente dinero para vivir. Algo me dice que es vía la corrupción, pues comprar algo en el comercio significa miles de pesos cada día, recibiendo el obrero un salario de miseria.

Abordamos autobuses confortables, que por $25.00 pesos nos llevaron desde el kilometro 12, hasta El Naco, por la 27 de Febrero, con aire acondicionado. De mi reencuentro inolvidable lo único triste fue la despedida, el 10 de Diciembre, al separarme de mi hija y su esposo en la terminal aérea, para ocupar el asiento 7C del mismo aparato que me regresaría a La Gran Manzana.

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