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Odebrecht

¡Nos engañaron!

JOSÉ LUIS TAVERAS

Pensar que en la fachosa investigación nadie se ha hecho una pregunta simple: ¿para qué fueron los sobornos? Obvio, para que la firma internacional y sus socios locales obtuvieran el derecho de construir obras sobrevaluadas, y para eso había que contar con el compromiso del Gobierno a su más alto nivel, de ahí el financiamiento de la campaña del presidente Danilo Medina a través del trabajo estratégico de Joao Santana, un esquema invariablemente estándar en la estructuración operativa de la mafia. No hubo ningún escenario donde Odebrecht obrara de forma distinta.

Como muchos dominicanos, aproveché el asueto de la Semana Santa para ver, en la plataforma Netflix, la serie de temporada El mecanismo escrita y dirigida por el brasileño José Padilha (el mismo director de la serie Narcos), basada en el entramado mafioso de la Operación Lava Jato. Al final me quedó un dejillo seco y agrio. Viejas ojerizas volvieron a perturbarme importunando así la placidez del momento. ¡Mierda! Fue la única exclamación que pudo interrumpir la expectación, y no precisamente por el suspenso de la admirable producción, sino por lo que se dio en la República Dominicana para malograr sus consecuencias judiciales. El juego macabro de encubrimientos, componendas y timos para negociar fríamente la impunidad del caso inspirarían un mejor guión que el que articuló la aludida serie.

La República Dominicana fue la subsede del entramado transnacional de Odebrecht (con oficinas, operaciones, cuentas y ejecutivos) y es el país que menos ha hecho en la investigación judicial de la mafia. Tampoco hará más. Odebrecht, ya descargada por un acuerdo en el limbo, recibe pagos por cubicaciones en Punta Catalina y realiza operaciones normales en el país. Eso indigna y conmueve. Nos engañaron, sí, ¡nos jodieron! Con los procesados por los sobornos terminó la historia y aún así la idea es presentar una acusación deliberadamente débil para que se desmorone en las asperezas de su trance judicial.

Pensar que en la fachosa investigación nadie se ha hecho una pregunta simple: ¿para qué fueron los sobornos? Obvio, para que la firma internacional y sus socios locales obtuvieran el derecho de construir obras sobrevaluadas, y para eso había que contar con el compromiso del Gobierno a su más alto nivel, de ahí el financiamiento de la campaña del presidente Danilo Medina a través del trabajo estratégico de Joao Santana, un esquema invariablemente estándar en la estructuración operativa de la mafia. No hubo ningún escenario donde Odebrecht obrara de forma distinta. De manera que los sobornos fueron un medio o un simple mecanismo (como paráfrasis del título de la serie) para lograr las grandes defraudaciones envueltas en el verdadero negocio: las sobrevaluaciones, tema ausente en las investigaciones, mucho menos el financiamiento de las campañas del presidente.

Es muy probable que si a través de firmas auditoras independientes se cuantificaran los sobreprecios de las obras ejecutadas por Odebrecht, incluida la más colosal, Punta Catalina, los montos involucrados multiplicarían por cien los pagados en los cohechos. El circo lo han montado con el espectáculo más barato: el de los sobornos, chusco pretexto con el que pretenden vindicarse. La misma Odebrecht, como acusada en un proceso ya negociado en los Estados Unidos, confesó haber derivado cerca de 163 millones en beneficios por la ejecución de obras en la República Dominicana, una suma irrisoria. Aún así, la investigación del caso ha comprometido apenas un dedillo de su titánica anatomía delictiva. De esta manera, la verdadera mafia (aun mayor que la red corruptora de Odebrecht) es el plan de impunidad que se concertó, armó y ejecutó en la República Dominicana, digno de la mejor serie.

Las “investigaciones” emprendidas por la Procuraduría no resisten una auditoría forense. Y da pena que su titular, un joven con un horizonte tan holgado, frustrara de esa manera su futuro. Tuvo en sus manos la oportunidad más grande de la historia judicial para perpetuar su memoria. Los compromisos personales y políticos sobrepujaron por mucho a su entereza. El recuerdo de Jean Alain, hombre de la consabida intimidad presidencial, será una mención lastimera en la antología de nuestras ruinas institucionales. ¡Cómo se desperdicia la gente!

En la Procuraduría General impera el mismo silencio del Gobierno. Se callaron los petardos, se apagaron las luces y la eufórica retórica del “caiga quien caiga” abandonó sus soberbios pujos machistas. En una de sus últimas apariciones, el Procurador, para mantener viva una ilusión que nunca prendió, afirmó el pasado 13 de diciembre que había “más de cien personas de interés del Ministerio Público por su presunta vinculación con los sobornos”. Vaya usted a ver. Después de eso, el 25 de enero, su más reciente actuación en esta comedia fue para solicitar al juez especial de la instrucción del caso en la Suprema Corte de Justicia, magistrado Francisco Ortega, una extensión de cuatro meses al plazo otorgado para cumplir la investigación. No se sabe de mayores diligencias internacionales ni solicitudes de cooperación a agencias y autoridades extranjeras (a las que tienen pleno derecho las dominicanas). Nada parece perturbar el invariable designio del plan de impunidad. Sigue un curso innegociable. Cuesta admitirlo, pero de un caso que apenas comienza ya tenemos que hablar en términos pretéritos. Un cuento desabrido del que todo el mundo conoce el final. Definitivamente nos jodieron…

joseluistaveras2003@yahoo.com

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