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Fernando A De Leon

La mujer dominicana en el exterior

Por Fernando A. De León

La imagen, el prestigio y confianza que la comunidad internacional tenía sobre la laboriosa mujer dominicana, evidentemente se ha deteriorado en los últimos tiempos.

Luego del asesinato del niño Gabriel Cruz en España por parte de la pareja de su padre, la dominicana Ana Julia Quezada, se ha incrementado más la aprensión en ciertos sectores sobre la bondad, y la conducta equilibrada e idónea de nuestras mujeres en el exterior.

De seguro, habrá más oposición a emplearlas como domésticas, y las agencias estatales serán más suspicaces en recomendarlas como home atender; es decir, al cuidado de la salud y bienestar de ancianos y discapacitados.

Y ello así, porque el infausto y azaroso acontecimiento protagonizado por Quezada de 43 años, ya confesa, y oriunda de La Cabuya, La Vega, se suma al de otra dominicana juzgada en estos momentos en Nueva York. Esta última, por el asesinato de dos infantes procreados por una pareja de esposos norteamericanos.

Aunque el caso del niño Gabriel Cruz es reciente, habíamos oído a féminas comentar: “se está perdiendo la confianza en nosotras”. Como consecuencia hay cierto cuidado en darles empleos en senos familiares. Si no califican para obtener beneficios del Estado, muchas tendrán que optar por irse a factorías con sueldos exiguos, o de lo contrario, limitarse al sustento de negocios informales.

Pero con todo y los horrendos acontecimientos de marras, quisiéramos decir a la comunidad internacional que éstos son casos aislados. Nuestras coterráneas migrantes son mujeres, dulces, respetuosas, tiernas y laboriosas, no dada a la comisión de esos crímenes.

Hoy, nos atribuimos el derecho de expresar nuestro agradecimiento a los ciudadanos de España y Nueva York; porque a diferencia de la reacción de dominicanos tras el asesinato de los esposos Julio Reyes Pérez y Neida Urbáez en Pedernales, a manos de haitianos en República Dominicana, en sus naciones, no han aplicado “tierra arrasada” contra los que somos inocentes.

Han judicializado a los responsables de esos insólitos sucesos y, apegados a los derechos humanos, como gente sensata y civilizada, no nos han maltratado ni dado plazo alguno para que abandonemos sus territorios.

El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.

 

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