Fernando A. De León

Doña Asunción


Por Fernando A. De León

“Fernandito, Fernandito”; solía llamarme una y otra vez Juana, mi madre, mientras apuntaba a mi boca con el bocado que hiciera mis sueños más ligeros, sin pesadillas ni borborigmos estomacales al, prácticamente, haberme acostado con el estómago vacío.

Mientras me llamaba quedamente para no molestar a los vecinos, una y otra vez, me daba palmadas por la cara y remecía mis hombros para espabilarme; yo me cabeceaba tratando de despertar de un sueño que más que eso, era el desfallecimiento de mi esmirriado cuerpo de aquel entonces.

Juana no había podido evitar que me fuera a la cama, luego de casi desmayarme del hambre, únicamente sostenido por un mendrugo de pan y un jarro de agua de “azúcar prieta”. No había esperado por la comida que traía doña Asunción; no había corrido a ayudarla junto a la muchachada, y algunos adultos que vivían en el patio de la cuartería de madera marcada con el número 18 de la calle Barahona, en la parte alta de la capital.

Los adolescentes de aquella aciaga época, cómo si se burlaran del “maná” que mitigaría su hambre le llamaban “gravilla” al alimento que, por fin, les haría resistir con más fortaleza el despuntar de un nuevo día. Con todo y esas ocurrencias de jovencitos chocarreros y traviesos corrían presurosos a tomar la extraordinaria bolsa que doblegaba el cansado cuerpo de la bondadosa dama. Salía de madrugada del hogar del doctor Damirón; quien, eso creo, residía en la avenida Independencia.

Con muy poca iluminación, a esas horas, se atrevía a bajar por la incómoda y empedrada cuesta de aquel tramo de la callejuela que casi hacia esquina con la Yolanda Guzmán (antigua Manzana de Oro). Por personas como doña Asunción, siempre estaré agradecido de las solidarias y esforzadas mujeres que alguna vez me dieron un bocado. Las que nunca me abandonaron y protegieron, tras el fallecimiento de Juana, mi madre.

El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.

 

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