De topos y baldeadores

Por Fernando A. De León.-Hace un tiempo, alguien nos ofreció un cargo en el área de comunicaciones. Entendía ese funcionario que, por nuestro radicalismo y coherencia, habríamos ejercido unas funciones disciplinadas y alejadas de lo corrosivo.

Por razones adversas, obviamos insertarnos en el Estado. Sin embargo, luego de una reflexión a distancia, en tiempo y espacio, entendemos que no tenemos el temperamento ni la tolerancia suficiente para desenvolvernos en un cargo público. En esa posición tendríamos que ser paciente para, con las excepciones de la regla, soportar los desdoblamientos y mentiras de uno que otro funcionario.

Además, según lo que hemos observado en algunos comunicadores, no servimos para espalderos, y en la categoría que se nos quiera colocar como simple periodistas, no somos- aunque sí disciplinados-, un “yes men.”

Como no somos politólogos ni expertos conductuales, y nuestra capacidad es limitada en cuanto al por qué de ciertos giros en nuestra política vernácula se nos ocurre entender que, al igual que el siglo XVIII, en Londres, si osábamos aceptar tal posición hubiésemos consentido ser parte de una sociedad de topos y baldeadores; esto en cuanto a lo apestoso del escenario político en República Dominicana.

Con esta última consideración nos referimos a las deficiencias sanitarias de la Inglaterra de esa época, caracterizada por los desbordes de excrementos humanos, matando a miles de personas, víctimas del cólera. En esa lastimosa etapa, los londinenses recurrieron a los baldeadores y topos.

Los primeros se deshacían de las nauseabundas heces fecales, materias en descomposición y todo tipo de hediondez; mientras los segundos, eran los encargados de internarse en los pozos sépticos a recogerlas en baldes o cubos, en una labor de achicamiento.

Nos ha dado con comparar esas emergencias malolientes con el tufo cloacal dejado por los devaneos de los políticos tránsfugas, arribistas, oportunistas, clientelistas y otros. No son perremeístas, perredeístas; ni danilistas ni leonelistas. Se adhieren como hiedras al que entienden llegará o está en el poder; sólo les interesan las prebendas y los cargos públicos.

En otras palabras, al igual que el hedor de ese entonces, los dominicanos estamos infestados por los malos políticos que devienen en fétidos olores de variopintos excrementos, que enferman y contaminan a toda la población.

Pero también soportamos lo díscolo y obtuso de una oposición fragmentada que apuesta a una segunda vuelta y que no sostiene un discurso convincente Entienden a modo de narcisismo político que, en vez de apestar, despiden gratos y subliminales aromas.

La diferencia es, tal vez, que contrario a aquellos tiempos de la célebre y emblemática Londres donde el agua potable estaba altamente contaminada, en estos momentos, lo que se respira, enferma y corroe políticamente a la gente en República Dominicana, es el miasma que exhalan algunos políticos.

Y es que, al margen de los actos delictivos y otros males, los dominicanos hemos sido presa de una pandemia que proviene de discursos y actitudes de descarados politiqueros. En sentido figurado o comparativo, los dominicanos respiramos el aire tóxico y corrosivo en que rezuman las acciones de gambusinos insumergibles, siempre en busca de “lo mío”.

Lo interesante sería descifrar hasta cuándo el pueblo dominicano dejará de ser baldeador, es decir, seguir baldeando y cargando con esa inmundicia que enferma. En consecuencia, hasta qué punto estamos dispuestos a servir de topos. Nos referimos a los que sufragan a favor de los políticos tradicionales que, ciertamente, estos últimos favorecidos, despiden un vaho que enferma y diezma.

Pues mientras en el Londres que antes citamos, millares murieron del cólera por un precario drenaje; los dominicanos seremos exterminados, tal vez a cuenta gotas, por el flagelo del miasma de una política que realmente asquea y apesta; mata voluntades y espranzas.
El autor es periodista, asesor del CDP en la seccional de Nueva York, donde reside.

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