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Jose Francisco Pena Gomez

Con Peña Gómez

Por Fernando A. De León

Juan Bosch penetró a la redacción y de inmediato le advirtió al fotógrafo, Antolín de Los Santos, que no le tomara foto de contra-picada. “Dame un cigarrillo; se me acabaron los míos en el aeropuerto”, me solicitó Jacobo Majluta luego de decirme que no estaba enterado de que yo estaba en Nueva York.

Estas reacciones, por separadas, dicen del temperamento imperativo de uno, y la manifiesta franqueza del otro. Mientras, aún con la fogosidad de sus arengas, José Francisco Peña Gómez, siempre lucía taciturno.

Ejerciendo el periodismo en Nueva York pude apreciar con más objetividad sobre las diferencias conductuales de nuestras principales figuras políticas en las que había dos probados líderes: Bosch y Peña Gómez. Este último, al margen de sus discursos de barricada, siempre aparentaba estar atormentado. Cómo si temiese el asomo de algún infortunio.

Antes de que falleciera lo entrevisté y reseñé sobre “un Peña Gómez visiblemente cansado”. Le dije al colega y amigo Ramón Urbáez que el líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), aparentaba estar padeciendo de una enfermedad terminal. “Lo que tú dijiste, De León”, me dijo el veterano periodista, al paso de unos días.

Siempre me he preguntado sobre cómo hubiese sido un gobierno encabezado por Peña Gómez, el que hasta ahora, muy a pesar de sus avatares, considero el líder político dominicano más conocido a nivel internacional.

Aun con su conocida energía fue desmejorando en su salud-a mí criterio-, sico-somatizada por los perversos y sucios ataques sobre su ascendencia haitiana tendente a manipular una incauta población que, en consecuencia, lo ha pagado con creces. De todos modos, vive en un país atestado de haitianos.

El autor es periodista miembro del CDP en Nueva York, donde reside.

 

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