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Salvadoreños que huyen de las maras inician nueva vida en México

Amenazados por mortales pandillas callejeras o “maras”, esta familia de cinco integrantes de San Salvador se unió a miles que abandonan su patria centroamericana buscando protección en el vecino México.

TAPACHULA, México 2015 (ACNUR).- Alfonso*, su esposa y sus tres hijos viven en un cuarto bochornoso en el sur de México; la máquina de coser en el centro del piso es un recordatorio del modo de vida que dejaron atrás cuando huyeron de la violencia de pandillas en El Salvador.

Tras sufrir acosos, amenazas y un intento de secuestro por una de las pandillas o “mara”, la trabajadora familia de sastres de un suburbio de los barrios aledaños de San Salvador se sumaron a los casi 30,000 salvadoreños que el año pasado habían huido para salvar sus vidas, de acuerdo a cifras del ACNUR.

Alfonso hace un recuento de cómo sus hijos Luis*, de 20 años, y Juan*, de 19, fueron los primeros en buscar un sitio seguro en México luego que la pandilla les exigió que ellos formaran parte de sus actividades criminales, que incluyen desde la extorsión, a la violación y el asesinato. Ellos dejaron sus empleos y abandonaron su hogar después de la Navidad hace dos años; el resto de su familia se les uniría un año después.

“Cada familia con jóvenes es un blanco en El Salvador”, dice Alfonso. “Las pandillas quieren reclutarlos, y se niegan a unírseles, te eliminan. Si los padres se oponen, también se meten con ellos. Por eso teníamos que sacarlos de El Salvador”.

Su hogar centroamericano se encuentra dentro de los más violentos países en el mundo, de acuerdo con cifras de la Oficina de la ONU de Drogas y el Delito. Sólo en agosto pasado, 911 salvadoreños fueron asesinados, un promedio de 30 personas diarias, la cifra más alta jamás registrada.

Tras un viaje en autobús de ocho horas hacia Tecún Uman, al noroeste de Guatemala, Luis y Juan ingresaron a México a través del río Suchiate, un punto de cruce informal usado para el tráfico de mercancías y por migrantes irregulares a través de lanchas improvisadas. Una vez en México, tomaron un taxi que les llevó a la Ciudad de Tapachula, una de las ciudades en el sur de México.

Conocieron a otros centroamericanos fuera de la iglesia que les ayudaron a encontrar un lugar dónde quedarse y dónde trabajar. Debido a su estatus irregular, como otros centroamericanos, encontraron trabajos temporales, como descargar paquetes en el turno de la noche, pelando cocos bajo el sol, ganando generalmente muy pocos pesos y en muchas ocasiones ni siquiera recibiendo pago alguno.

Alfosno les envió dinero para poder pagar la renta de unos $90 dólares al mes. Tras un par de semanas en Tapachula, alguien en la iglesia les contó sobre la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), la instancia del gobierno de México que podría ayudarles.

“Estábamos muy nerviosos cuando fuimos a la COMAR”, recuerda Luis. “Pensamos, ‘¿Qué tal si nos detienen y nos envían de vuelta? Después de todos los problemas que hemos tenido que sobrellevar aquí’.” Pero se armaron de valor y finalmente solicitaron la condición de refugiado. Después de tres meses, fueron reconocidos como refugiados.

Mientras tanto en el hogar familiar cerca de San Salvador, las pandillas continuaron sus amenazas. “Ellos dijeron ‘Sabemos que los mandarán de vuelta a El Salvador dentro de seis meses, y cuando regresen, los vamos a estar esperando’”. Los meses pasaron y cuando vieron que no regresarían a El Salvador, la pandilla cambió su objetivo: se vengarían ahora con Andrea*, su hermana de 15 años. La violencia sexual y de género es muy común entre las pandillas o “maras”.

Como su madre, su padre, y sus hermanos, Andrea quería convertirse en sastre. Ella fue a una escuela técnica del Estado para niñas para aprender a coser. Pero sólo pudo cursar dos de los doce meses que dura el curso luego que los miembros de la pandilla llegaron a la escuela a buscarla, intentando secuestrarla a ella y a otra estudiante. Los administradores de la escuela, quienes también son víctimas de la violencia de las maras, sólo pudieron esconderlas en los baños. Cuando la pandilla se fue, enviaron a las chicas a casa.

“No podía dejarla regresar a la escuela. Así que me la llevé a mi trabajo”, dijo Claudia*, su madre. Pero aún allí no estaba segura. “Le dijeron a un sobrino que me la iban a quitar… cuando menos me lo esperara. Y luego cuando mataron a uno de sus amigos, me asusté más, y dejé mi trabajo para poder quedarme en casa con ella”.

huyen de pandillas en el salvadorCuando los pandilleros empezaron a acosarles en las calles, fue la gota que derramó el vaso. “No podíamos ir a la tienda de la esquina después de las 4 de la tarde. Era muy peligroso. Ya no podíamos soportarlo más. Así que decidimos venirnos con nuestros hijos a México”. Los tres dejaron El Salvador sin contarle a ninguno de sus familiares acerca de sus planes.

Una vez en México, solicitaron la condición de refugiados, pero su solicitud fue denegada. Sin embargo, lograron regularizar su estancia y ahora pueden quedarse a vivir en México. Ellos planean recomenzar sus vidas en su país de asilo ahora que la familia ha podido reunirse.

Una bandera salvadoreña cuelga de la pared de su hogar en otra ciudad en el sur de México** donde ahora viven, mientras una máquina de coser de segunda mano que acaban de comprar —un ícono de su nueva vida— ocupa el centro de la habitación. Aunque en El Salvador trabajaban como sastres, y esperan poder armar su nueva vida en México una puntada a la vez, Luis y Juan también han considerado dedicarse a la carpintería.

Con el apoyo del ACNUR, ambos recibieron capacitación para el empleo en el Centro de Formación para el Trabajo Industrial (CECATI) que brinda capacitación técnica para solicitantes de asilo y refugiados. “Estamos jóvenes y queremos reiniciar nuestras vidas. Vamos a trabajar duro y saldremos adelante. Ya lo verán”, dice Luis con una sonrisa esperanzadora.

* Los nombres han sido cambiados para proteger su identidad.

**No se dice la ubicación por motivos de protección.

Por Mariana Echandi en Tapachula, México.

ACNUR

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