Nadal Epica
Nadal salta la valla de protección durante el partido contra Del Potro en Wimbledon. GLYN KIRK (AFP)

Nadal homenajea a la épica


LONDRES.-En una tarde de las que no se olvidan, la imagen sintetiza un torbellino de emociones: Juan Martín del Potro atizándole a la bola como si no hubiera un mañana, zarandeando a Rafael Nadal de un lado a otro y llamándole constantemente a la victoria.

La volea del argentino va escorándose hasta escaparse del ángulo de las cámaras, pero el número uno no renuncia. En ese momento, equilibrio de fuerzas. Dos sets iguales y todo abierto, cuando las agujas del reloj ya han superado las cuatro horas de pulso. El mallorquín, en trance, activa el turbo y persigue esa pelota imposible que finalmente termina en la grada. Nadal, el irreductible Nadal, no la caza y acaba sorteando el vallado antes de aterrizar sobre dos espectadores. Pierde el punto, pero en ese momento gana el partido. Del Potro asiste y no se resigna, de ninguna manera, pero en ese instante ya sabe cuál será su destino.

7-5, 6-7, 4-6, 6-4 y 6-4, después de 4h 48m. Los aficionados de la Centre Court se frotaban los ojos porque hasta entonces no habían podido casi pestañear, testigos de un espectáculo mayúsculo que finalizó con el pase del mallorquín a las semifinales de Wimbledon, en las que reeditará el clásico con el serbio Novak Djokovic; este, 6-3, 3-6, 6-2 y 6-2 (en 2h 35m) contra el japonés Kei Nishikori.

Tan hermosa y tan intensa fue la batalla, el sube y baja constante que dibujaron los dos protagonistas, que el vencedor se permitió el lujo de romper el protocolo porque la ocasión así lo merecía. Después de volear de revés, ganar y mirar al tendido, del enésimo resbalón de su rival –“por la hora, había mucha humedad, sobre todo en la zona donde hay más hierba”–, Nadal sorteó la red, le ayudó a incorporarse y ambos se abrazaron como caballeros. Respeto, lo primero. Y admiración mutua, también. A la inapelable exhibición de resistencia que completó el balear le dio lustre la heroica personalidad de Del Potro, un excepcional tenista que será muy recordado independientemente de lo que haya ganado o le quede por ganar, trofeos y números aparte.

Entre los dos compusieron un partido vibrante, de alternativas, set arriba el español y después dos abajo, obligado Nadal a ser el Nadal más originario y más auténtico: épica o nada. Arrancó con fuerza, su adversario le metió en un lodazal y al final supo salir airoso y atrapar una victoria de mucho mérito y gran valor. Si hasta ahora había disfrutado de un trazado muy plácido –con la excepción del kazajo Mikhail Kukushkin en la segunda ronda–, esta vez el argentino le exigió su mejor versión. Terminado el rodaje, Delpo le forzó hasta límites insospechados, insurrecto todo el rato hasta que vio esprintar al mallorquín a por esa pelota perdida y se dio cuenta de que no iba a aflojar bajo ningún concepto.

“Yo creo que he sido mejor que él los dos primeros sets y después no ha sido así, lo que pasa es que cuando yo he sido mejor he conseguido ganar un set, pero en el siguiente, en el que yo creo que había sido mejor, no lo he ganado. Entonces, a él le sube la adrenalina y ha sido mejor en el tercero, así que yo tenía que volver a activarme y dar un extra. Él estaba golpeando muy fuerte, yo he ido a la red, he hecho dejadas… Mentalmente, tenísticamente y físicamente he estado bien. Ha sido a cara o cruz, podía haber ganado cualquiera. Creo que ha sido un muy buen partido de tenis”, reconstruyó el de Manacor.

Ha sido a cara o cruz, podía haber ganado cualquiera. Creo que ha sido un muy buen partido de tenis.

En éxtasis, Nadal se enderezó. Superó el mazazo moral que le supuso no haber aprovechado esos cuatro puntos de set en el tie-break de la segunda manga (7-9, doble falta incluida) y el haber cedido el tercero. Equilibró, muñequeó de fábula y cortó para que Del Potro tuviera que agachar el lomo y fuera erosionándose. Fatigado, el gigante de Tandil (1,98) replicó con una catarata de golpes ganadores (77) y aces (33), brindando ese tenis genuino y valiente que todo el mundo agradece y le ha otorgado tanto reconocimiento. Lo dio todo, meneó su corpachón por toda la pista e incluso se permitió un guiño a uno de los tótems de Wimbledon, el alemán Boris Becker, voleando en suspensión un tiro cruzado de Nadal en la red. Más caviar para los ojos de los espectadores londinenses.

El punto de inflexión se produjo con la rotura definitiva de Nadal, para 3-2. En ebullición, desatado, el número uno se sostuvo y aterrizó delante del emergente Djokovic, reafirmado unas horas antes con otra actuación consistente. El viernes, pues, Wimbledon será testigo del partido más repetido en la era moderna: 26-25 a favor del balcánico, aunque en Londres hay tablas. Nole ganó en la final de 2011 y el español se apuntó las semifinales de 2007, por la retirada del rival. “Estoy intentando aprovechar al máximo este momento de buen tenis que estoy teniendo. Estoy en las semifinales y jugar la final es mi objetivo. Veremos si puedo conseguirlo”, advierte el de Belgrado.

Ahora, alerta máxima porque Djokovic parece haber encontrado la brújula y viene pisando fuerte, reencontrándose consigo mismo. Mientras, Nadal no afloja el paso y derribó al soberbio Del Potro en una tarde inmensa. El gigante es él.

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